La Flecha negra
La Flecha negra La luz del dÃa iba desapareciendo rápidamente y, al rato, plateaba ya la luna la helada nieve. Entonces o nunca era el momento de llegar a La Cabra y la Gaita sin ser vistos, y cambiar allà sus delatoras ropas. Aun asÃ, lo más discreto era dar un rodeo por las afueras y no arriesgarse a ir por el mercado, donde, entre la aglomeración de gente, estaban en peligro más inminente de ser reconocidos y muertos.
Largo era el camino. Les llevó aquel rodeo no muy lejos de la casa junto a la playa, oscura y silenciosa entonces, dejándoles, al fin, al borde del puente. A la clara luz de la luna, pudieron ver que muchos barcos habÃan levado anclas y, aprovechando lo despejado del cielo, partieron con rumbo a tierras más lejanas; por esta causa, las mÃseras tabernas de la playa —aunque burlando la ley del toque de queda, tuviesen aún encendidos fuegos y velas— no estaban ya llenas de parroquianos ni resonaban en ellas los coros de canciones marineras.
Apresuradamente, casi corriendo, con sus hábitos monásticos recogidos hasta la rodilla, se hundÃan los fugitivos en la nieve, cruzando por entre el laberinto del maderamen marino, y ya llevaban recorrido más de la mitad del camino en torno del puerto cuando, al pasar frente a una taberna, se abrió de pronto la puerta y una ráfaga de luz cayó sobre sus fugitivas figuras.