La Flecha negra
La Flecha negra Se detuvieron en el acto, con la intención de hacer creer que estaban entregados a una animada conversación.
Tres hombres, uno después de otro, salieron de la taberna, y el último cerró tras él la puerta. Iban los tres tambaleándose, como si hubieran pasado el dÃa en continuas libaciones, y se quedaron indecisos a la luz de la luna, como quienes no saben qué hacer. El más alto de los tres hablaba en voz alta y lastimera.
—Siete barricas del mejor Gascuña que jamás sirviera tabernero alguno —decÃa—. El mejor barco que jamás zarpara del puerto de Dartmouth, una Virgen MarÃa medio dorada, trece libras en buena moneda de oro…
—Yo también he tenido grandes pérdidas —interrumpió uno de los otros—. También he perdido cosas de mi propiedad, compadre Arblaster. En la fiesta de san MartÃn me robaron cinco chelines y una bolsa de cuero que valÃa nueve peniques y cuarto.
Lo que oyó Dick le llegó al alma. Hasta ese momento quizá no habÃa pensado ni un par de veces en el pobre patrón arruinado por la pérdida del Buena Esperanza; con tal indiferencia miraban en aquellos tiempos, los hombres que llevaban armas, los bienes e intereses de sus inferiores. Pero aquel repentino encuentro le recordó vivamente lo duro de su proceder y el triste fin de su empresa, y tanto él como Lawless volvieron del otro lado la cabeza para evitar ser reconocidos.