La Flecha negra
La Flecha negra El perro del barco, sin embargo, había logrado escapar del naufragio y hallar el camino de regreso a Shoreby. Estaba ahora detrás de Arblaster, junto a sus talones, y de pronto, olfateando y enderezando las orejas, se lanzó hacia adelante y comenzó a ladrar furiosamente a los dos falsos frailes.
Tambaleándose le siguió su amo.
—¡Eh, compañeros! —gritó—. ¿Tenéis un penique para este pobre y viejo marino arruinado por los piratas? ¡Soy hombre que pudiera haber pagado por vosotros dos el jueves por la mañana, y heme aquí ahora, el sábado por la noche, mendigando para una jarra de cerveza! ¡Si no me creéis, preguntadle a mi marinero Tom! ¡Siete barricas de buen vino de Gascuña, un barco que era mío, y fue antes de mi padre, una bendita Virgen María de madera de plátano y medio dorada y trece libras en oro y plata! ¿Eh? ¿Qué os parece? Un hombre que ha luchado contra los franceses; porque yo me he batido contra ellos, y más cabezas he cortado en alta mar que hombre alguno de cuantos se hicieron a la vela en el puerto de Dartmouth. Vamos, dadme un penique.
Ni Dick ni Lawless se atrevieron a contestarle una sola palabra, por temor de que reconociera sus voces; y allí se quedaron tan inertes como barco en tierra, sin saber hacia dónde volverse ni qué esperar.