La Flecha negra

La Flecha negra

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—¿Eres mudo, muchacho? —preguntó el patrón—. Compañeros —añadió, interrumpiéndole el hipo—, son mudos. No me hace gracia esa descortesía, pues aunque un hombre sea mudo, si es cortés, hablará, sin embargo, cuando se le habla, creo yo.

El marinero Tom, hombre extraordinariamente forzudo, pareció concebir ciertas sospechas acerca de estas dos mudas figuras, y, más sereno que su capitán, se plantó de pronto ante Lawless, le cogió bruscamente del hombro y le preguntó qué le pasaba que tan quieta tenía la lengua.

Lawless, creyendo que todo disimulo era ya inútil, le contestó con un puñetazo formidable que dejó tendido al marinero sobre la arena, y, gritando a Dick que le siguiera, echó a correr por entre el maderamen.

La escena se desarrolló en un segundo. Antes de que Dick pudiera correr poco ni mucho, Arblaster le tenía cogido entre sus brazos; Tom, arrastrándose, lo agarró por un pie, y el tercero de aquellos hombres desenvainó un machete y lo blandía sobre su cabeza.



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