La Flecha negra
La Flecha negra No era el peligro en que se hallaba ni el enojo lo que abatÃa el ánimo del joven Shelton; era la profunda humillación que sentÃa de haber escapado de las garras de sir Daniel y de haber convencido a lord Risingham, para venir ahora a caer indefenso en manos de este viejo marinero borracho, y no sólo indefenso, sino, como su conciencia le decÃa a gritos cuando era ya demasiado tarde, realmente culpable… insolvente deudor del hombre cuyo barco habÃa robado para perderlo después.
—Traédmelo hasta la taberna para que le vea la cara —gritó Arblaster.
—No, no —objetó Tom—. Vaciémosle antes la bolsa, no sea que vayan a reclamar su parte los demás compañeros.
Pero por más que lo registraran de pies a cabeza no le encontraron encima ni un solo penique; tan sólo el sello de lord Foxham, el anillo que le arrancaron brutalmente del dedo.
—Ponédmelo de cara a la luna —dijo el patrón, y cogiendo a Dick por la barbilla, le levantó bárbaramente la cabeza.
—¡Virgen bendita! —gritó—. ¡Es el pirata!
—¿Qué? —exclamó Tom.