La Flecha negra
La Flecha negra —¡Por la Virgen de Burdeos! ¡Es el mismo! —repitió Arblaster—. ¡Ah, ladrón, al fin te he cogido! ¿Dónde está mi barco? ¿Dónde están mis siete barriles de Gascuña? ¿Eh? ¿Será verdad que te tengo en mis manos? Tom, dame un pedazo de cuerda; voy a atar de pies y manos a este ladrón, como pavo en el asador… ¡Por la Virgen, que asà voy a atarlo! Y luego voy a tundirle a golpes.
AsÃ, por el estilo, siguió hablando, mientras, con la destreza propia de los marinos, iba enrollando la cuerda alrededor de los miembros de Dick asegurando cada vuelta y cada cruce con nudos y afianzando su obra con salvaje tirón.
Cuando hubo terminado, el muchacho era un mero fardo entre sus manos: tan indefenso como un muerto. Lo empujó el patrón hasta donde el brazo le alcanzaba, y prorrumpió en una carcajada. Después le pegó un tremendo puñetazo en un oÃdo, que lo dejó aturdido; y volviéndole a uno y otro lado le dio furiosos puntapiés.
La ira se alzó como una tempestad en el pecho de Dick, una cólera que le ahogaba, y creyó morir. Pero cuando el marinero, cansado ya del cruel juego, lo lanzó cuan largo era sobre la arena y se volvió para consultar con sus compañeros, instantáneamente recobró la serenidad. Era un momento de respiro: antes de que comenzaran de nuevo a torturarle, quizá pudiera hallar un medio de escapar a aquella degradante y fatal desventura.