La Flecha negra
La Flecha negra Muy pronto, en efecto, y mientras sus apresadores discutÃan lo que habrÃan de hacer con él, sacó fuerzas de flaqueza y con voz firme les habló asÃ:
—¿Os habéis vuelto locos de remate? El cielo pone en vuestras manos la mejor ocasión para enriqueceros que jamás tuvo marinero alguno; una ocasión como no se os presentará otra en treinta aventuras que corráis en lejanos mares… y, ¡por la misa!, ¿qué se os ocurre? ¿Pegarme? ¡Vaya, no harÃa otra cosa un chiquillo rabioso! Pero vosotros, sesudos marineros que no teméis al agua ni al fuego, y que amáis el oro tanto como la carne de buey, me parece que no sois muy discretos.
—Sà —dijo Tom—; ahora que estás atado quisieras engañarnos.
—¡Engañaros! —repitió Dick—. Si fuerais tontos, serÃa fácil. Pero si sois astutos, como creo que lo sois, podéis ver claramente dónde está vuestro provecho. Cuando os quité el barco, nosotros éramos muchos, todos bien equipados y armados; pero ahora, pensad un poco, ¿quién reunió aquellas tropas? Alguien, sin duda, que tenÃa mucho oro. Y si éste, rico ya, continuaba aún yendo a caza de oro, desafiando las tempestades… Pensad una vez más… ¿No habrá un tesoro escondido en algún sitio?
—¿Qué querrá decir? —preguntó uno de los hombres.