La Flecha negra
La Flecha negra —Pues que si habéis perdido un bote viejo y unas jarras de vino picado —continuó Dick— os olvidéis de ello como cosa que no vale la pena y os metáis más bien en una aventura, digna de ser asà llamada, que en doce horas habrá de enriqueceros o arruinaros para siempre. Pero levantadme de aquà y vayamos a algún sitio cerca para hablar delante de una jarra de cerveza, porque tengo el cuerpo dolorido y helado, y casi metida la boca entre la nieve.
—Lo que busca es engañarnos —dijo Tom, despectivamente.
—¡Engañarnos! ¡Engañarnos! —exclamó el tercero del grupo—. ¡Me gustarÃa conocer al hombre capaz de engañarme! ¡Buen fullero habrÃa de ser! No me he caÃdo yo de ningún nido. Sé distinguir una iglesia cuando tiene campanario; y, lo que es yo, por mi parte, compadre Arblaster, creo que no está desprovisto de razón este joven. ¿Queréis que le escuchemos? Decid: ¿queréis que le escuchemos?
—Contento me verÃa ante un azumbre de cerveza fuerte, master Pirret —contestó Arblaster—. ¿Qué dices tú a eso, Tom? Pero la bolsa está vacÃa.
—Yo pago —dijo el otro—. Yo pago. Estoy deseando saber de qué se trata. Creo, en conciencia, que hay oro en el asunto.
—¡Si empezáis a beber otra vez, todo está perdido! —gritó Tom.