La Flecha negra
La Flecha negra —Compadre Arblaster, a ese marinero vuestro le dejáis tomarse demasiadas libertades —replicó master Pirret—. ¿Vais a permitir que os mande un hombre asalariado? ¡Vaya, vaya!…
—¡Silencio, compañero! —dijo Arblaster, dirigiéndose a Tom—. ¿Vas a meter el remo, tú? ¡Bueno serÃa que la tripulación viniese a enmendarle la plana al patrón!
—Haced, pues, lo que queráis —repuso Tom—. Yo me lavo las manos.
—Levantadle, pues —dijo master Pirret—. Sé yo ahà un sitio reservado donde podremos beber y charlar.
—Si he de ir andando, amigos, tendréis que desatarme los pies —observó Dick, una vez que estuvo derecho como un poste.
—Es verdad —concedió, riendo, Pirret—. Hay que reconocer que no podrÃa dar un paso tal como está. Dadle un corte a la cuerda… Sacad el cuchillo y cortadla un poco, compadre.