La Flecha negra

La Flecha negra

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Hasta el mismo Arblaster se quedó algo suspenso ante esta proposición, pero como su compañero insistió y Dick tuviera el buen sentido de aparentar una expresión de indiferencia, encogiéndose de hombros ante tal retraso, el patrón cortó, al fin, las cuerdas que sujetaban al prisionero pies y piernas. Esto no sólo le permitió a Dick caminar, sino que, al aflojarse proporcionalmente toda la red de sus ataduras, observó que empezaba a mover con mayor libertad el brazo que tenía atado a la espalda y concibió la esperanza de que, a fuerza de tiempo y paciencia, podría llegar a dejarlo libre por completo. De ello podía dar gracias a la simpleza y codicia de master Pirret.

Este personaje asumió la dirección de todo, y los condujo a la mismísima mísera taberna a la cual Lawless había llevado a Arblaster el día del temporal. Casi desierta se hallaba ahora; el fuego era un montón de rojas ascuas que irradiaban vivísimo calor, y cuando todos hubieron tomado asiento y el amo puso ante ellos una medida de cerveza tibia y especiada, tanto Pirret como Arblaster estiraron las piernas y apoyaron los codos sobre la mesa como hombres dispuestos a pasar un rato agradable.




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