La Flecha negra
La Flecha negra Ahora bien: no tenía Dick grandes dotes para inventar historias, y lo que contó se parecía mucho al cuento de Alí-Babá, sustituyendo el oriente por Shoreby y el bosque de Tunstall y exagerando, más bien que disminuyendo, los tesoros de la cueva. Como sabe el lector, ésta es una excelente historia, que tan sólo un defecto tiene: el de no ser verdad. Así pues, como era la primera vez que la oían aquellos sencillos marineros, los ojos se les salían de las órbitas y se quedaban boquiabiertos como el bacalao en la pescadería.
Pronto pidieron una segunda medida de aquella cerveza tibia mientras Dick desarrollaba aún, con toda habilidad, los incidentes de su historia; una tercera jarra siguió a la segunda.
He aquí la situación de los contertulios cuando la historia tocaba a su fin:
Arblaster, borracho y muerto de sueño, colgaba inerte sobre el banco. El mismo Tom había escuchado encantado el cuento y su vigilancia había disminuido en proporción. Entretanto, Dick había ido zafándose de sus ligaduras y se hallaba ya dispuesto a jugarse el todo por el todo.
—¿De modo —preguntó Pirret— que vos sois uno de ésos?