La Flecha negra
La Flecha negra —Contra mi voluntad me hicieron serlo —respondió Dick—. Pero si yo pudiera lograr, por la parte que me tocara, uno o dos sacos de monedas de oro, bien tonto serÃa si quisiera seguir viviendo en una asquerosa cueva, exponiéndome a recibir tiros y bofetadas como un soldado. ¡Cuatro somos aquÃ! Pues bien: vayamos mañana al bosque antes de que salga el sol. Si pudiéramos procurarnos honradamente algún borrico, serÃa mucho mejor; pero si no podemos, cuatro robustas espaldas tenemos, y yo os respondo de que volveremos tan cargados que nos doblaremos al peso.
Pirret se relamió de gusto.
—Y esta palabra mágica… ese santo y seña con que se abre la cueva… ¿cuál es, amigo? —pregunto.
—¡Ah! Esa palabra no la saben más que los tres jefes —respondió Dick—. Pero ahora veréis la suerte que habéis tenido: que esta misma noche traiga yo conmigo un amuleto para abrirla. Es una cosa que en todo el año no se separa de la bolsa del capitán.
—¿Un amuleto? —pregunto Arblaster medio despierto y guiñando un ojo a Dick—. ¡Vade retro! No me vengáis a mà con amuletos. Soy un buen cristiano; preguntádselo si no a Tom el marinero.
—Pero si esto no es más que magia blanca —repuso Dick—. Nada tiene que ver con el diablo; no se trata más que del poder oculto de los números, de las hierbas y de los planetas.