La Flecha negra
La Flecha negra —SÃ, sà —asintió Pirret—; no es más que magia blanca, compadre. No hay en ello pecado, os lo aseguro. Pero continuad, joven. Este amuleto… ¿en qué consiste?
—Voy a mostrároslo inmediatamente —respondió Dick—. ¿Tenéis ahà el anillo que me quitasteis del dedo? ¡Bien! Cogedlo ahora con las puntas de los dedos y sostenedlo asà con el brazo extendido, contra el brillo de esos rescoldos. AsÃ, exactamente. Pues bien: ése es el amuleto.
De una rápida ojeada Dick se aseguro de que tenÃa libre el paso entre él y la puerta. Se encomendó a Dios con el pensamiento y, tendiendo el brazo, arrebató de un tirón el anillo; en el mismo instante levantó la mesa y la arrojó de pronto sobre el marinero Tom. Este pobre infeliz cayó debajo, gritando bajo la madera, y antes de que Arblaster comprendiera lo que ocurrÃa o de que Pirret pudiera fijar su inseguro pensamiento, Dick habÃa corrido ya hacia la puerta y conseguido escapar a la clara luz de la luna.
Ésta, que andaba ya por la mitad del cielo, y la extremada blancura de la nieve, hacÃan que el despejado terreno que rodeaba al puerto apareciese alumbrado como por la claridad del dÃa, con lo que Shelton, saltando entre el maderamen, con el hábito recogido, era una figura visible desde lejos.