La Flecha negra
La Flecha negra Pronto divisó la cruz y pudo percatarse del feroz encuentro que se desarrollaba en el camino, frente a ella. Siete u ocho eran los que atacaban y sólo un hombre el que les hacÃa frente, pero tan rápido y diestro era éste, tan desesperadamente acometÃa y dispersaba a sus adversarios, tan gallardamente se aferraban sus pies sobre el hielo, que antes de que Dick pudiera intervenir ya habÃa matado a uno, herido a otro y mantenido a raya a los demás.
Sin embargo, milagro parecÃa que de tal modo pudiera seguir defendiéndose, ya que, a cada instante, cualquier accidente, el menor resbalón sobre el helado suelo o un error de su mano, podÃa costarle la vida.
—¡No desmayéis, caballero! ¡Voy en vuestro auxilio! —gritó Richard, olvidando que estaba solo y que el grito era impropio—. ¡A la Flecha! ¡A la Flecha! —exclamó, cayendo sobre la retaguardia de los agresores.