La Flecha negra
La Flecha negra Gente brava eran éstos también, pues ni una pulgada cedieron ante la sorpresa, sino que, haciendo frente, cerraron con asombrosa furia sobre Dick. Cuatro contra uno lucharon entonces, y, al resplandor de las estrellas, relampagueaban de continuo en torno suyo los aceros; las chispas saltaban con furia; uno de sus contrincantes cayó… en el fragor de la pelea, apenas supo por qué; luego sintió él mismo un golpe en la cabeza, y aunque el casquete de acero que llevaba bajo la capucha le protegió, la fuerza del porrazo le hizo caer sobre una rodilla y sentir que la cabeza le daba vueltas como si fuera el aspa de un molino.
Entretanto, el hombre en cuyo auxilio acudiera en vez de tomar parte entonces en la contienda, a la primera señal de intervención había saltado hacia atrás con más fuerza y precipitación aún, tocando de nuevo aquella misma trompeta de agudo sonido que había sido la voz de alarma. Un instante después cargaban sobre él sus enemigos, y una vez más acometía y esquivaba, saltaba, hería, caía de rodillas, usando indistintamente espada y daga, pies y manos, con el mismo indomable valor y febril energía y destreza.