La Flecha negra
La Flecha negra Pero aquella penetrante llamada, al fin, había sido escuchada. Se oyó un rumor sordo en la nieve y en buena hora para Dick, que veía ya las puntas de las espadas relucir junto a su garganta, un desatado torrente de hombres de armas montados se lanzó desordenadamente desde el bosque por ambos lados, todos ellos cubiertos de hierro, baja la visera, lanza en ristre o en alto la desnuda espada, y llevando cada uno, por decirlo así, un pasajero, en forma de arquero o paje, que saltaron uno tras otro de los caballos y pronto doblaron el número de aquella tropa.
Viéndose cercados por fuerza tan superior, los primitivos asaltantes tiraron sus armas sin pronunciar palabra.
—¡Prendedme a esa gente! —gritó el héroe de la trompeta, y una vez cumplida su orden, se acercó a Dick y le miró a la cara.
Al devolverle Dick su escrutadora mirada, se quedó sorprendido de hallar, en quien había desplegado tal fuerza, destreza y energía, a un muchacho casi de su edad, ligeramente deformado, con un hombro más alto que el otro, y de pálido, atormentado y torcido semblante[5]. Sus ojos, sin embargo, eran límpidos, serenos y de audaz expresión.
—Caballero —dijo aquel muchacho—, en momento oportuno llegasteis para mí.