La Flecha negra
La Flecha negra —Milord —contestó Dick, con el vago presentimiento de que se hallaba en presencia de un alto personaje—, tan maravilloso espadachÃn sois que creo que les hubierais hecho morder el polvo vos solo. Sin embargo, lo que sin duda fue una suerte para mà es que vuestros hombres no se retrasaran ni un momento más.
—¿Cómo supisteis quién era yo? —preguntó el desconocido.
—Ni aun ahora mismo, señor, sé yo con quién estoy hablando.
—¿De veras? —preguntó el otro—. Y, a pesar de ello, os lanzasteis de cabeza a esta desigual batalla.
—No vi más que a un hombre que luchaba valerosamente contra muchos —repuso Dick—, y hubiera considerado una afrenta para mà no prestarle ayuda.
Singular e irónica sonrisa se dibujó en la boca del joven hidalgo al contestar:
—Bravas palabras son ésas. Pero… vamos a lo más esencial: ¿sois de Lancaster o de York?
—Milord, no he de ocultarlo: soy francamente de los de York.
—¡Por la misa! —exclamó el otro—, suerte tenéis—. Se volvió hacia uno de los suyos—. A ver —continuó en el mismo tono cruel y burlón—, vamos a acabar con estos bravos caballeros. Ahorcadlos.