La Flecha negra

La Flecha negra

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Sólo cinco eran los supervivientes del grupo de los agresores.

Les cogieron del brazo los arqueros, los empujaron hasta el borde del bosque y cada uno fue colocado bajo un árbol de apropiadas dimensiones; se ajustaron convenientemente las cuerdas; un arquero, llevando un cabo de las mismas, trepó a lo alto apresuradamente. Y antes de cinco minutos, sin que por ninguna de las partes se cambiara una sola palabra, los cinco hombres se balanceaban en el aire, colgados del cuello.

—Y ahora —gritó el deformado jefe— volved a vuestros puestos, y cuando vuelva a llamaros, no os hagáis esperar tanto rato.

Milord duque —dijo uno—, permitid que os suplique que no os quedéis aquí solo. Quedaos, al menos, con un puñado de lanceros a vuestro servicio.

—Muchacho —replicó el duque—, me he abstenido de reprenderos por vuestra tardanza. Por tanto, no me contradigas. Confío en mi mano y en mi brazo, por más jorobado que sea. Cuando sonó la trompeta, muy rezagado te quedaste y ahora muy vivo te muestras con tus consejos. Aunque siempre ocurre así: el último con la lanza y el primero con la lengua. Procura hacerlo al revés.

Y con un ademán noble, pero no por ello menos peligroso, despachó a todos sus hombres.


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