La Flecha negra

La Flecha negra

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Los infantes montaron de nuevo a la grupa de los caballos de los hombres de armas, y la tropa entera partió lentamente, desapareciendo en veinte direcciones distintas, al abrigo del bosque.

Apuntaba el día y las estrellas se desvanecían. El primer resplandor del alba brilló sobre los rostros de los jóvenes, que de nuevo se hallaron frente a frente.

—Acabáis de ver mi venganza —dijo el duque—, que, como la hoja de mi espada, es dura y rápida. Pero, por toda la cristiandad, no quisiera que me creyerais desagradecido. Ya que vinisteis en mi auxilio con buena espada y mejor ánimo, si no retrocedéis ante mi deformidad, acercaos junto a mi corazón.

Y el joven jefe abrió los brazos para recibirle en ellos.

En el fondo de su corazón abrigaba Dick un gran terror y cierto odio hacia el hombre a quien acababa de prestar auxilio, pero con tales palabras fue hecha la invitación que no sólo hubiera sido descortés sino cruel rechazarle o vacilar, y por ello se apresuró a aceptarla.

—Y ahora, milord duque —dijo una vez recobrada su libertad—, ¿estoy en lo cierto al suponer que sois milord el duque de Gloucester?

—Richard de Gloucester soy —contestó el otro—. Y vos, ¿cómo os llamáis?


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