La Flecha negra
La Flecha negra Dick le dijo su nombre y le presentó el sello de lord Foxham, que el duque reconoció inmediatamente.
—Demasiado pronto habéis llegado —dijo—; pero ¿cómo he de poder quejarme? Sois como yo, que dos horas antes de rayar el dÃa ya estaba al acecho. Pero ésta es la primera salida de mis armas, y en esta aventura, master Shelton, va a sentarse o a quedar destruida mi fama. Allà están mis enemigos, mandados por dos viejos y expertos capitanes, Risingham y Brackley, en fuertes posiciones, según creo; pero sin retirada posible por dos lados: encerrados entre el mar, el puerto y el rÃo. Me parece, Shelton, que hay aquà un gran golpe que asestar, y que nosotros podrÃamos darlo en silencio y repentinamente. ¿Tenéis las notas de lord Foxham? —preguntó el duque.
Habiéndole explicado Dick que no las llevaba encima, se atrevió a ofrecerle cuantos informes quisiera tan fidedignos como pudieran ser los otros.
—Y por mi parte, milord duque —añadió—, si contáis con suficientes hombres, yo caerÃa sobre ellos ahora mismo. Porque, mirad: al apuntar el dÃa, las guardias de noche han terminado; pero de dÃa no tienen guardia alguna, sólo algunos hombres que a caballo recorren los alrededores de la ciudad. Pues bien: ahora que la guardia de noche ha dejado ya las armas y el resto está desayunando…, ahora es el momento para acabar con ellos.