La Flecha negra
La Flecha negra —¿Cuántos creéis que son? —preguntó Gloucester.
—No llegan a dos mil —contestó Dick.
—Yo tengo setecientos en los bosques, detrás de nosotros —dijo el duque—; otros setecientos vienen desde Kettley y estarán aquà muy pronto; a mayor distancia quedan cuatrocientos más y lord Foxham tiene quinientos a cosa de medio dÃa de aquÃ, en Holywood. ¿Esperamos que vengan o caeremos sobre el enemigo?
—Milord —contestó Dick—, cuando ahorcasteis a esos cinco infelices, decidisteis ya esta cuestión. Por muy ruines que fueran, en estos tiempos revueltos, los echarán de menos, saldrán a buscarlos y darán la voz de alarma. Por lo tanto, milord, si queréis contar con la ventaja que el cogerlos por sorpresa pueda daros, no os queda, en mi humilde opinión, ni una hora que perder.
—Es verdad, lo mismo creo yo —dijo Crookback—. Pues bien: antes de una hora os hallaréis en plena batalla, ejecutando algunas hazañas que os den fama y renombre, ganándoos la dignidad de caballero. Mandaré a toda prisa a un hombre que vaya a Holywood llevando el sello de lord Foxham; otro irá por la carretera para avivar a mis perezosos. Shelton, ¡por la cruz que la cosa va a ser un hecho!
Volvió a llevarse a los labios la trompeta y sonó un segundo toque.