La Flecha negra
La Flecha negra No tuvo que esperar mucho. En un momento, todo el espacio que quedaba libre cerca del sitio donde se erguía la cruz quedó lleno de hombres a caballo y a pie.
Richard de Gloucester se colocó sobre los escalones y comenzó a mandar a todas partes mensajero tras mensajero, para que activaran la concentración de los setecientos hombres que estaban escondidos en las inmediaciones, entre los bosques; y antes de un cuarto de hora, tomadas ya todas las precauciones, se puso él mismo al frente y empezó a descender por la colina en dirección a Shoreby.
Su plan era sencillo. Consistía en apoderarse de uno de los barrios de la ciudad de Shoreby, situado a la derecha del camino real, y hacerse fuerte allí, en las estrechas callejuelas, hasta que llegaran refuerzos.
Si lord Risingham optaba por batirse en retirada, Richard le seguiría para cogerlo entre dos fuegos; o bien, si prefería quedarse en la ciudad, quedaría cogido en la trampa y poco a poco sería vencido por la superioridad numérica.
Sólo un peligro había, pero grave e inminente: los setecientos hombres de Gloucester podían ser arrollados y deshechos en el primer encuentro; para evitar esto, era necesario que la sorpresa de su llegada fuera lo más completa posible.