La Flecha negra
La Flecha negra Por tanto los infantes subieron de nuevo a la grupa tras los jinetes, y le cupo a Dick el señalado honor de montar detrás del mismo Gloucester.
Avanzaron lentamente las tropas mientras pudieron ir a cubierto, y cuando llegaron donde terminaban los árboles que bordeaban el camino real, se detuvieron para tomar un respiro y reconocer el terreno.
El sol se hallaba ya algo alto, brillando con pálido resplandor entre un halo amarillento, y enfrente mismo de aquella luminaria Shoreby, campo sembrado de nevados techos y de rojizos remates, elevaba al cielo sus columnas de humo matinal.
Se volvió Gloucester hacia Dick.
—En este pobre lugar —le dijo—, donde la gente cocina ahora sus desayunos, o habéis de ganaros vos la dignidad de caballero y comenzar yo una vida de grandes honores y de gloria ante los ojos del mundo, o me parece que hemos de morir juntos y sin renombre alguno. Dos Richard somos. ¡Pues bien, Richard Shelton, de los dos han de hablar! Y nuestras espadas no han de sonar más fuertes sobre los yelmos enemigos que nuestros nombres en los oÃdos de la gente.
Dick quedó asombrado ante una sed de gloria como aquélla, expresada con tanta vehemencia en la voz y en el lenguaje, y contestó muy cuerda y sosegadamente que él, por su Darte, prometÃa cumplir con su deber, y que no dudaba de la victoria si todos hacÃan lo mismo.