La Flecha negra
La Flecha negra El toque de rebato de las campanas y los terroríficos gritos de los hombres que corrían por las calles golpeando las puertas sacaron de su inacción, en tan breve tiempo que parecía imposible, a unos cuarenta hombres de aquellos cincuenta. Montaron rápidamente a caballo, y como las voces de alarma fuesen desordenadas y contradictorias, galoparon en diferentes direcciones.
Así sucedió que cuando Richard de Gloucester llegó a la primera casa de Shoreby, le salió al encuentro, a la entrada de la calle, un simple puñado de lanceros, que fueron barridos antes de que atacasen como se lleva la tempestad un barquichuelo.
Ya dentro de la ciudad, y a cosa de unas cien pasos, Dick Shelton tocó al duque en el brazo, quien como respuesta recogió riendas, se llevó la trompeta a los labios y, con un toque ya de antemano convenido, volvió el caballo hacia la derecha, abandonando la línea recta de su avance. Desviándose, como un solo jinete, siguió tras él toda su fuerza, y marchando siempre a galope tendido, barrió la estrecha callejuela. Sólo los últimos veinte jinetes tiraron de las riendas, formando un frente en la entrada de la calle; los infantes que tras sí llevaban saltaron en el mismo instante a tierra, y unos empezaron a tensar sus arcos y otros a irrumpir en las casas de uno y otro lado, apoderándose de ellas.