La Flecha negra

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Sorprendidos ante este repentino cambio de dirección y acobardados por el firme frente de la retaguardia, los pocos soldados de Lancaster, después de rápida deliberación, dieron media vuelta y se alejaron hacia el interior de la ciudad en busca de refuerzos.

La parte de la ciudad de la cual, por consejo de Dick, se había apoderado Richard de Gloucester, consistía en cinco callejuelas de pobres casas habitadas por míseras gentes, que ocupaban un suave cerrillo y daban al campo por la parte trasera.

Quedando cada una de las cinco calles defendida por una buena guardia, la reserva ocuparía el centro, fuera de tiro y preparada, sin embargo, para acudir en su auxilio donde hiciera falta.

Era tal la pobreza de aquella parte de la ciudad que ninguno de los lores de Lancaster, y sólo algunos de sus secuaces, se habían alojado allí; así pues, sus habitantes, de común acuerdo, abandonaron sus casas y huyeron gritando por las calles o saltando las tapias de los jardines.

En el centro, donde confluían las cinco callejuelas, una taberna fea y ruin lucía la muestra de un tablero de ajedrez, y allí sentó sus reales, por aquel día, el duque de Gloucester.

A Dick le encargó de la guardia de una de las cinco calles.


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