La Flecha negra
La Flecha negra —Id —le dijo—, id a ganaros las espuelas. CubrÃos de gloria por mÃ; un Richard por otro. Bien claro os lo digo: si yo me encumbro, vos os elevaréis por la misma escala. Id —repitió estrechándole la mano.
Pero tan pronto como desapareció Dick, se volvió hacia un harapiento arquerillo que tenÃa cerca y le ordenó:
—Ve inmediatamente, Dutton, y sigue a ese muchacho. Si ves que es fiel, tú me respondes de su seguridad, cabeza por cabeza. ¡Desgraciado de ti si vuelves sin él! Pero si nos fuese traidor… o si por un instante llegaras a sospechar de él… dale de puñaladas por la espalda.
Entretanto, Dick se apresuraba a proteger su puesto. La calle que habÃa de guardar era muy estrecha, toda ella atiborrada de casas, que sobresalÃan como suspendidas sobre la calzada; pero, aunque estrecha y además oscura, dado que desembocaba en el mercado de la ciudad, era muy probable que el final de la batalla se decidiese allÃ.
El mercado se hallaba lleno de gente que huÃa en desorden; pero como aún no se percibÃa señal alguna de que ningún enemigo se dispusiera a atacar, juzgó que tenÃa bastante tiempo para preparar su defensa.