La Flecha negra
La Flecha negra —Señor —exclamó el arquerillo—, habéis luchado perfectamente por York y por vos mismo. Jamás hombre alguno logró en tan breve espacio conquistar el afecto del duque. Es asombroso que haya confiado semejante puesto a quien no conocÃa. Pero ¡cuidado, sir Richard, os jugáis la cabeza! Si sois vencido… si retrocedéis un solo paso… el hacha o la cuerda cuidarán de castigaros, y francamente os diré que aquà me han puesto para que, si hacéis algo sospechoso, os apuñale por la espalda.
Miró Dick estupefacto al hombrecillo.
—¡Tú! —exclamó—. ¡Y por la espalda!
—Asà es —repuso el arquero— y como la misión no me gusta, os lo digo. Habéis de manteneros en el puesto, sir Richard, si no queréis perder la vida. ¡Ah! Nuestro Crookback es una espada valiente y buen guerrero; pero sea a sangre frÃa o caliente, quiere que las cosas se hagan tal como él las manda. Si alguien no cumple o es un obstáculo, es hombre muerto.
—Pero ¡por todos los santos del cielo! —exclamó Richard—. ¿Es cierto eso? ¿Y siguen los hombres a semejante jefe?