La Flecha negra
La Flecha negra —Le siguen, y de muy buena gana —replicó el arquero—, porque si es severo en el castigo, bien generoso es en la recompensa. Y si no escatima la sangre y el sudor de los demás, también es siempre pródigo de los suyos: en todo tiempo el primero en el campo de batalla y el último en dormir. ¡Ese jorobado, Dick de Gloucester, llegará muy lejos!
Si bravo y vigilante fue antes el joven caballero, con tanto mayor motivo se inclinaba ahora a estar ojo avizor y a demostrar su valentÃa. Comenzaba a percibir que el repentino favor de que gozaba traÃa consigo serios peligros. Volvió la espalda al arquero y una vez más escudriñó ansiosamente el mercado. SeguÃa tan vacÃo como antes.
—No me gusta esta quietud —observó—. Sin duda nos preparan una sorpresa.
Como si respondieran a su observación, los arqueros enemigos comenzaron de nuevo a avanzar contra la barricada y las flechas cayeron en espesa lluvia.
Mas en el ataque se advertÃa cierta vacilación. No era el avance completamente franco; más bien parecÃan esperar una nueva señal.