La Flecha negra

La Flecha negra

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—Señora —dijo el infortunado Dick—, ahora veo, en parte, mi error. He ido demasiado aprisa; he obrado antes de tiempo. A estas horas llevo robado un barco… creyendo hacer un bien, os lo juro…, y con ello no hice más que ser la causa de la muerte de muchos inocentes y de la desgracia de un pobre viejo, cuyo rostro, hoy mismo, me ha apuñalado como una daga. Y en cuanto a lo de esta mañana, lo único que me propuse fue ganar honra, conquistar fama para poder casarme… y, ¡ved!, lo que he conseguido es acarrear la muerte de vuestro querido pariente, que tan bondadoso fue para mí. Y, además de eso, ¡qué sé yo cuántas cosas! Porque, ¡ay de mí!, puedo haber puesto a York en el trono y ser ésa la peor causa y la desgracia de Inglaterra. ¡Oh, señora! Bien veo mi pecado. No sirvo yo para la vida del mundo. Como expiación, no bien haya terminado esta aventura y para evitar peores males, ingresaré en un claustro. Renunciaré a Joanna y a la profesión de las armas. Seré fraile y rezaré toda mi vida por el alma de vuestro buen tío.

A Dick le pareció, al llegar a este punto de extrema humillación y arrepentimiento, que la damisela se había reído.

Levantando el abatido semblante, vio que ella le miraba, a la luz de la hoguera, con cierta expresión extraña, pero nada adusta.


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