La Flecha negra

La Flecha negra

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—Señora —exclamó, creyendo que la risa fue ilusión de sus oídos, pero esperando todavía, al ver su cambiada expresión, haberle ablandado el corazón—, señora, ¿no estaréis satisfecha con esto? Renuncio a todo para reparar el mal que llevo hecho; le aseguro la gloria del cielo a lord Risingham. Y todo esto el mismo día en que he ganado la dignidad de caballero y en que me consideraba el joven hidalgo más feliz sobre la tierra.

—¡Oh, chiquillo! —dijo ella—. ¡Buen muchacho!

Y entonces, con gran sorpresa de Dick, enjugándose primero, tiernamente, las lágrimas que corrían por sus mejillas, y luego, como obedeciendo a repentino impulso, le echó ambos brazos al cuello, atrajo hacia sí su cara y le besó. Una lastimosa turbación se apoderó del ingenuo Dick.

—Pero venid —dijo ella con gran animación—; vos que sois el capitán, tenéis que comer. ¿Por qué no cenáis?

—Querida señora Risingham —replicó Dick, no hacía sino cuidar, antes que nada, de mi prisionera; pero, a decir verdad, la penitencia que me he impuesto me hace ya rechazar con desagrado hasta la vista de la comida. Mejor sería, señora, que ayunara y rezase.


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