La Flecha negra
La Flecha negra —Llamadme Alicia —dijo ella—. ¿No somos viejos amigos? Y ahora venid: voy a acompañaros en la comida: bocado por bocado, sorbo por sorbo. De modo que si no coméis, tampoco yo; pero si lo hacéis de firme, cenaré como un labriego.
Y poniendo inmediatamente manos a la obra, ella comenzó a despachar la comida; Dick, que tenÃa un estómago excelente, le hizo compañÃa, al principio con gran repugnancia, pero animándose gradualmente, con más vigor y apetito, hasta que, al fin, olvidándose de atender a su modelo, reparó con creces las pérdidas de aquel dÃa de trabajo y excitación.
—Cazador de leones —dijo ella, al fin—, ¿no admiráis a una doncella vestida con jubón de hombre?
Alta andaba ya por el cielo la luna, y lo único que allà esperaban era que descansasen los fatigados caballos. A su luz, el contrito pero bien repleto Richard, observó que ella le miraba con cierta coqueterÃa.
—Señora… —balbució, sorprendido ante el inesperado cambio en sus maneras.
—No —interrumpió ella—, no hay necesidad de que lo neguéis, ya me lo dijo Joanna; pero decid, señor cazador de leones, miradme… ¿tan fea soy? ¡Hablad! Y le miró con dulces ojos.
—En verdad sois algo pequeñita… —comenzó Dick.