La Flecha negra

La Flecha negra

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Volvió a interrumpirle ella; esta vez con risa sonora que completó la confusión y la sorpresa del joven.

—¡Pequeñita! —exclamó—. ¡Vaya! Sed tan franco como audaz: soy una enana o poco menos; pero, a pesar de ello… ¡vamos, decídmelo! A pesar de todo, pasablemente hermosa de mirar, ¿no es verdad?

—No, señora; extremadamente hermosa —contestó el apurado caballero, haciendo desesperados esfuerzos por aparecer sereno.

—¿Y creéis que un hombre se daría por muy feliz casándose conmigo? —prosiguió ella.

—¡Oh, señora, por completamente feliz!

—Llamadme Alicia.

—Alicia —repitió sir Richard.

—Pues bien, cazador de leones —continuó ella—, puesto que vos matasteis a mi tío, y me dejasteis sin amparo en el mundo, me debéis, como hombre de honor, toda clase de reparaciones, ¿verdad?

—Verdad es, señora —respondió Dick—. Aunque, en el fondo de mi corazón, no me considero más que parcialmente culpable de la muerte de ese caballero.

—¿Pretendéis burlarme evadiéndoos? —exclamó ella.

—No, señora, no es eso. Ya os lo he dicho: si me lo mandáis, hasta me volveré monje —contestó Richard.


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