La Flecha negra
La Flecha negra —Entonces, en cuanto afecta a vuestro honor, ¿me pertenecéis? —concluyó ella.
—Por lo que toca a mi honor, señora, supongo… —comenzó a decir el joven.
—¡Vaya! —interrumpió ella—. Estáis demasiado lleno de argucias. Como hombre de honor, ¿me pertenecéis hasta que hayáis reparado todo el mal que habéis hecho?
—Ante el honor, sÃ.
—OÃdme entonces —prosiguió ella—. Creo que harÃais un mal fraile, y puesto que puedo disponer de vos como me plazca, estoy dispuesta a tomaros por marido. ¡Nada, nada de palabras! —exclamó ella—. SerÃa completamente inútil. Pues considerad cuán justo es que vos, que me habéis privado de hogar, me proporcionéis otro. Y en cuanto a Joanna, creedme, ella será la primera en alabar el cambio, porque, después de todo, como somos buenas amigas, ¿qué importa con cuál de las dos os casáis? Nada absolutamente.