La Flecha negra
La Flecha negra —Señora —dijo entonces Dick—, entraré en un claustro, si vos me lo ordenáis; pero casarme con cualquiera otra persona en este mundo que no sea Joanna Sedley es lo que no haré nunca, asà se empeñen en obligarme toda la fuerza de los hombres o el capricho de una dama. Perdonadme si con tal claridad os digo mis sinceros pensamientos, pero ante el sumo atrevimiento de una doncella, no le queda a un pobre hombre más recurso que mostrarse más atrevido todavÃa.
—Dick —repuso ella—, chiquillo bueno, tenéis que darme un beso por esas palabras que acabáis de pronunciar. No, no temáis, me besaréis en nombre de Joanna, y cuando estemos juntas, yo le devolveré a ella el beso y le diré que se lo he robado. Y en cuanto a lo que me debéis, bobito, me parece que no estabais solo en la gran batalla, y que aunque llegara el jefe del partido de York a sentarse en el trono, no serÃais vos quien lo hubierais sentado en él. Pero lo que es como hombre bueno, cariñoso y honrado, yo os aseguro que todo eso lo sois, y si yo fuera capaz de envidiar algo que poseyera Joanna, os digo que lo que le envidiarÃa es vuestro amor.