La Flecha negra

La Flecha negra

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Diez hombres quedaron cuidando los caballos; se convinieron señales con las que se comunicarían en caso de necesidad. Y Dick partió, al frente de los demás, llevando a su lado a Alicia, que marchaba con resolución.

Los hombres se habían despojado de sus pesadas armaduras y dejado sus lanzas, marchando animosos sobre la helada nieve a la grata luz de la luna. El descenso a la cañada, por cuyo fondo pasaba, entre la nieve y el hielo, una susurrante corriente, se efectuó en silencio y con orden; y una vez en el lado opuesto, hallándose ya a menos de media milla del sitio donde Dick había visto el resplandor de la hoguera, hizo alto el grupo para descansar antes del ataque.

En el vasto silencio del bosque se percibían desde lejos los menores ruidos, y Alicia, que tenía finísimo el oído, levantó el dedo en señal de alarma y se inclinó para escuchar. Todos siguieron su ejemplo; pero, aparte del gemir del obstruido arroyo que acababan de cruzar y de los gruñidos de una zorra a muchas millas de distancia en medio de la selva, el aguzado oído de Dick no percibió ni el rumor de un suspiro.

—Sin embargo —murmuró Alicia—, estoy segura de haber oído chocar de arneses.


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