La Flecha negra
La Flecha negra —Señora —repuso Dick, que temÃa más a la damisela que a diez fornidos guerreros—, no quisiera yo decir que estáis equivocada, pero el ruido lo mismo podrÃa proceder de cualquiera de los dos campamentos.
—No venÃa de allá. VenÃa de la parte oeste —afirmó ella.
—Será lo que sea, y sin duda lo que Dios quiera. No hagamos caso y avancemos con buen ánimo para darles alcance. ¡Arriba, amigos… ya hemos descansado bastante!
A medida que avanzaban, aparecÃa la nieve cada vez más pisoteada y cubierta de huellas de los cascos de los caballos, y era evidente que se acercaban al campamento de una considerable fuerza de hombres montados.
Al rato divisaban el humo elevándose por entre los árboles, coloreado de rojo en su parte inferior y esparciendo brillantes chispas.
Obedeciendo las órdenes de Dick, comenzaron sus hombres a desplegarse, arrastrándose furtivamente entre la espesura, para rodear por todos lados el campamento enemigo.
Y colocando a Alicia tras el tronco de un corpulento roble, se deslizó él mismo en lÃnea recta hacia donde brillaba el fuego.