La Flecha negra
La Flecha negra —¡Si es master Shelton! ¡Por santa Bárbara! —exclamó Hatch—. ¿Rendirme? ¡Mucho pedÃs! ¿Con qué fuerzas contáis?
—Te digo, Bennet, que somos muy superiores en número y os tenemos cercados —insistió Dick—. César y Carlomagno, en un caso asÃ, pedirÃan cuartel. Tengo cuarenta hombres, que, a un silbido mÃo, con una sola descarga de flechas pueden dar buena cuenta de vosotros.
—Master Dick —dijo Bennet—, lo siento mucho; pero he de cumplir con mi deber. ¡Qué los santos os ayuden!
Y llevándose a los labios una trompetilla, dio el toque de alarma.
Sucedió un momento de confusión, pues mientras Dick, temiendo por las damas, vacilaba en dar la orden de disparar, la reducida cuadrilla de Hatch se lanzó sobre sus arcos y formó un cuadro, como preparándose para una feroz resistencia.
En la precipitación del cambio de sitio de todos, Joanna saltó de su asiento y, veloz como una saeta, corrió al lado de su galán.
—¡AquÃ, Dick! —gritó, cogiéndole una mano entre las suyas.