La Flecha negra
La Flecha negra Pero Dick continuaba aún indeciso; no estaba todavÃa avezado a las más crueles necesidades de la guerra, y la idea del peligro que corrÃa la anciana lady Brackley detuvo en sus labios la orden. Sus propios hombres comenzaban a impacientarse. Algunos le llamaron por su nombre; otros, por propio impulso, comenzaron a disparar, y a la primera descarga mordió el polvo el pobre Bennet. Entonces reaccionó Dick.
—¡Adelante! —gritó—. ¡Disparad, muchachos, y manteneos a cubierto! ¡Inglaterra y York!
En ese instante en el hondo silencio de la noche se elevó de pronto el sordo machacar de los cascos de caballo sobre la nieve, y con increÃble rapidez fue acercándose y creciendo más y más. Al mismo tiempo respondÃan las trompetas, repitiendo una y otra vez, a la llamada de Hatch.
—¡Replegaos, replegaos! —gritó Dick—. ¡Replegaos hacia mÃ! ¡Replegaos para salvar la vida!
Pero sus hombres, a pie, esparcidos, sorprendidos cuando contaban ya con un fácil triunfo, en vez de replegarse comenzaron a ceder terreno separadamente y permanecÃan vacilantes o se internaban, dispersos, entre la maleza.