La Flecha negra

La Flecha negra

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Y cuando llegaron los primeros jinetes, cargando por las abiertas alamedas y metiendo furiosamente sus corceles por la espesura, algunos rezagados fueron abatidos o alanceados; la mayor parte de los que estaban al mando de Dick habían desaparecido al solo rumor de su llegada.

Dick se quedó inmóvil un momento, reconociendo los frutos de su precipitado e imprudente valor. Sir Daniel había visto la hoguera encendida por sus enemigos y se había alejado con la mayor parte de sus fuerzas, para atacar a sus perseguidores o para cogerlos por retaguardia, si se aventuraban a dar el asalto. Se había conducido como sagaz capitán, mientras que la conducta de Dick era la de un chiquillo vehemente e inexperto. Y así se hallaba él ahora, con su amada, es cierto, estrechándole fuertemente la mano, pero por lo demás, solo, dispersos sus hombres y caballos en medio de la noche en la inmensidad del bosque, como puñado de alfileres en un pajar.

—¡Qué los santos me iluminen! —pensó—. ¡Suerte que me armaron caballero por lo de esta mañana, porque lo de ahora me honra poco!

Sin soltar a Joanna, echó a correr.


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