La Flecha negra
La Flecha negra Rompían el silencio de la noche los gritos de los hombres de Tunstall, galopando de un lado a otro, dando caza a los fugitivos. Audazmente Dick se metió por entre la maleza, corriendo en línea recta con la rapidez de un gamo.
LA claridad de plata de la luna sobre la nieve aumentaba por contraste la oscuridad de los matorrales, y la extremada dispersión de los vencidos llevaba a los perseguidores por los más divergentes senderos. De aquí que, al poco rato, pudieran pararse Dick y Joanna en un lugar donde quedaban completamente ocultos, y oyeran los rumores de la persecución extendiéndose en todas direcciones, pero desvaneciéndose a la distancia.
—Si siquiera hubiera tenido la precaución de conservar agrupada alguna fuerza de reserva —exclamó Dick, con amargura—, podría haberles devuelto el golpe. En fin, viviendo se aprende; la próxima vez todo irá mejor, ¡por la cruz!
—No, Dick —dijo Joanna—, ¿qué importa? Ya estamos juntos otra vez.
La miró él, y, en efecto… allí estaba… Joanna Matcham, como antaño, en calzones y jubón. Pero ahora ya la Conocía; ahora, aun con tan desgarbada ropa, sonreíale ella, resplandeciente de amor, y sintió el joven que el corazón se le inundaba de alegría.