La Flecha negra
La Flecha negra Amor mÃo —le dijo—, si tú perdonas los desatinos de este atolondrado, ¿qué puede importarme ya nada? Vayamos directamente a Holywood; allà está tu buen tutor y mi mejor amigo, lord Foxham. Allà nos casaremos, y pobres o ricos, famosos o desconocidos, ¿qué importa? En este dÃa, amor mÃo, me gané la dignidad de caballero; grandes hombres elogiaron mi valor; me creà el más bizarro guerrero en toda la vasta extensión del reino de Inglaterra. Después perdÃ, primero, mi valimiento con el poderoso, y ahora me han dado una paliza y he perdido a todos mis soldados. ¡Si grande fue mi engreimiento, grande ha sido mi caÃda! Pero, amor mÃo, nada me importa…; si tú me quieres todavÃa y nos casamos, me despojarÃa de mis honores de caballero sin importarme un ardite.
—¡Dick mÃo! —exclamó ella—. ¿Te armaron caballero?
—SÃ, amor mÃo: tú eres ahora mi lady —contestó cariñosamente—, o lo serás mañana antes del mediodÃa. ¿Verdad?
—Lo seré, Dick, y con la mayor alegrÃa —contestó ella.
—¿De veras, caballero? ¡Yo creà que ibais a ser fraile! —sonó una voz en sus oÃdos.
—¡Alicia! —gritó Joanna.