La Flecha negra
La Flecha negra —Nunca supuse que lo hubierais hecho intencionadamente —replicó ella—. Pero voy a vengarme cruelmente. Voy a revelarle un secreto a milady Shelton… A la que ha de serlo —añadió, haciendo una reverencia—. Joanna —continuó—, creo, por mi alma, que tu galán es valiente en la pelea; pero permÃteme que te lo diga francamente: es el bobalicón de más blando corazón de toda Inglaterra. ¡Anda… que ya puedes hacer con él cuanto te venga en gana! Y ahora, chiquillos locos, besadme primero a mà para que os traiga buena suerte y para mostraros amables conmigo; después besaos uno a otro, sólo por un minuto y ni un segundo más, y luego, vámonos los tres a Holywood. Vayámonos tan aprisa como podamos, porque me parece que estos bosques están llenos de peligros, y son excesivamente frÃos.
—Pero ¿es cierto que mi Dick te hizo el amor? —preguntó Joanna, colgándose del brazo de su amado.
—No, tonta —respondió Alicia—. Fui yo quien se lo hice a él; le propuse que nos casáramos; pero él me contestó que fuera a casarme con uno de mis iguales. Ésas fueron sus palabras. No, ya te digo; es mucho más franco que galante. Pero ahora, chiquillos, tengamos juicio y pongámonos en marcha. ¿Volveremos a pasar por la cañada o marcharemos en lÃnea recta a Holywood?