La Flecha negra
La Flecha negra —Bien quisiera poner mi mano sobre un caballo —dijo Dick—, porque en estos últimos dÃas me han vapuleado tan cruelmente, de un modo u otro, que mi pobre cuerpo es todo él un puro cardenal. Pero ¿qué os parece a vosotras? Si mis hombres hubieran huido, en medio de la alarma de la pelea, habrÃamos dado un rodeo para nada. De aquà a Holywood, en lÃnea recta, no hay más que unas tres millas; la campana no ha dado las nueve; la nieve está lo bastante dura para andar por ella, y la luna es clara… ¿Qué os parece si marcháramos tal como estamos?
—De acuerdo —exclamó Alicia.
Pero Joanna se limitó a apretar el brazo a Dick.
Atravesaron, pues, los claros y desnudos sotos y descendieron por los caminos cubiertos de nieve, bajo el pálido rostro de la luna de invierno; Dick y Joanna marchaban cogidos de la mano, sumidos en un paraÃso de delicias, y su atolondrada compañera, olvidadas ya sus penas, les seguÃa uno o dos pasos detrás, ora burlándose de su silencio, ora pintándoles los más seductores cuadros de lo felices que vivirÃan en el futuro.
TodavÃa se oÃa en la lejanÃa del bosque a los jinetes de Tunstall continuando viva e incesantemente su persecución, y, de cuando en cuando, los gritos y el chocar de los aceros anunciaban el encuentro con los enemigos.