La Flecha negra

La Flecha negra

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Pero en estos tres jóvenes, criados entre los sobresaltos de la guerra y curtidos por los múltiples peligros que habían pasado, no era fácil despertar el miedo ni la piedad. Contentos al observar que los ruidos iban alejándose cada vez más, se entregaron con toda su alma a disfrutar del placer del momento, marchando ya, como dijo Alicia, como cortejo nupcial, y ni la agreste soledad del bosque ni el frío de la noche glacial bastaban para ensombrecer o interrumpir su felicidad.

Desde lo alto de un cerro divisaron al fondo el valle de Holywood. Brillaban las grandes ventanas de la abadía del bosque, iluminadas por antorchas y cirios; se elevaban sus altos pináculos y chapiteles clarísimos y silenciosos, y la cruz de oro que le servía de remate relucía alegremente a la luz de la luna. En torno de la abadía, en los claros de la selva, ardían las hogueras de los campamentos, se apiñaban numerosas chozas, y en el centro de aquel cuadro tendía su curva el helado río.

—¡Por la misa! —exclamó Dick—. Todavía están acampados los hombres de lord Foxham. Sin duda que el mensajero se ha extraviado. Tanto mejor. Así tendremos fuerzas a mano para hacer frente a sir Daniel.


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