La Flecha negra
La Flecha negra Pero si las tropas de lord Foxham seguían aún acampadas en la larga isleta de Holywood, esto era debido a causa muy distinta de la que suponía Dick. En efecto, habían emprendido la marcha hacia Shoreby; pero, antes de que llegaran a la mitad del camino, un segundo mensajero les salió al encuentro, transmitiéndoles la orden de que regresaran a su campamento de la mañana, para cerrarles el paso a los fugitivos de Lancaster y estar mucho más cerca del principal ejército de York.
Porque Richard de Gloucester, terminada la batalla y quebrantados sus enemigos en aquella comarca, hallábase ya en marcha para reunirse con su hermano; y poco después del regreso de los soldados de lord Foxham, el propio Crookback echaba pie a tierra frente a la puerta de la abadía. En honor, pues, de este augusto visitante, brillaban iluminadas las ventanas, y al llegar Dick con su amada y la amiga, todo el séquito del duque era obsequiado en el refectorio con el esplendor que era propio de aquel poderosísimo y suntuoso monasterio.
Frente a ellos fue conducido Dick, por cierto que no con mucho gusto por su parte. Medio enfermo de fatiga, estaba sentado Gloucester, apoyando en una mano el pálido y terrible semblante, teniendo a su izquierda, en honorífico lugar, a lord Foxham, convaleciente y casi curado de su herida.
—¿Cómo, señor? —preguntó Gloucester—. ¿Me traéis la cabeza de sir Daniel?