La Flecha negra
La Flecha negra —Milord duque —respondió Dick resueltamente, pero sintiendo oprimÃrsele el corazón—, ni siquiera he tenido la suerte de regresar con los hombres de mi mando. He sido derrotado, y apelo a vuestra indulgencia. Miróle Gloucester, fruncido el formidable entrecejo.
—Cincuenta lanzas[6] os di, caballero —dijo.
—Milord duque —replicó el joven—, tan sólo llevé cincuenta hombres de armas.
—¿Cómo fue eso? —dijo Gloucester—. Él me pidió cincuenta lanzas.
—Perdonad, excelencia —contestó Catesby con gran suavidad—. Como se trataba de una persecución, no le dimos más que los jinetes.
—Está bien —dijo Gloucester, y luego añadió—: Shelton, podéis marcharos.
—Deteneos —dijo lord Foxham—. Este joven llevaba también un encargo mÃo. Acaso en su realización haya tenido mejor suerte. Decid, master Shelton, ¿encontrasteis a la doncella?
—Con la ayuda de los santos, aquà está, en esta casa.
—¿De veras? Pues bien, milord duque —resumió lord Foxham—, con vuestra venia, mañana, antes de ponerse en marcha el ejército, propongo una boda. Este joven hidalgo…
—Joven caballero… —interrumpió Catesby.