La Flecha negra
La Flecha negra —¿Caballero decÃs, sir William? —exclamó lord Foxham.
—Yo mismo, por sus buenos servicios, le armé caballero —explicó Gloucester—. Dos veces me ha servido como un valiente. No es valor lo que le falta, ni buen brazo, sino el férreo espÃritu que necesitan los hombres. No se elevará, lord Foxham. Mozo es para pelear muy bravamente en una refriega; pero tiene el corazón de capón. ¡De todos modos, si ha de casarse, casadlo, en el nombre de MarÃa SantÃsima, y terminad de una vez!
—No, es un bravo muchacho…, lo sé —dijo lord Foxham—. Alegraos, pues, sir Richard. He arreglado este asunto con master Hamley, y mañana os casaréis.
Después de lo cual Dick juzgó prudente retirarse; pero aún no habÃa salido del refectorio cuando un hombre, que acababa de apearse a la puerta, subió las escaleras de cuatro en cuatro, y abriéndose paso por entre los servidores de la abadÃa, se arrojó, hincando una rodilla en tierra, a los pies del duque.
—¡Victoria, milord! —exclamó.
Y antes de que Dick hubiese llegado al aposento que, como huésped de lord Foxham, le tenÃan destinado, se oÃan ya las aclamaciones de las tropas reunidas en torno a las hogueras, pues aquel mismo dÃa, a menos de veinte millas, habÃa sido asestado un segundo golpe demoledor al poderÃo de Lancaster.