La Flecha negra
La Flecha negra Avanzó la figura y agitó su mano sin contestar. Vestía de peregrino, baja la capucha, cubriéndole el rostro.
Pero al instante Dick reconoció a sir Daniel.
Adelantó a grandes pasos hacia él desenvainando su espada y sir Daniel, llevándose la mano al pecho, como para empuñar un arma oculta, esperó con firmeza que llegase.
—Bien, Dick —dijo—. ¿Qué te propones? ¿Haces la guerra al caído?
—No hice yo la guerra contra vuestra vida —replicó el muchacho—. Era yo vuestro amigo leal hasta que quisisteis quitarme la mía; pero la habéis codiciado harto ansiosamente.
—No… obraba en defensa propia —repuso el caballero—. Y ahora, muchacho, las noticias de la batalla y la presencia de vuestro diablo jorobado en mis propios bosques me han perdido sin remedio. Voy a Holywood para acogerme a sagrado; luego, me iré al otro lado del mar, con lo que pueda llevarme encima, para comenzar de nuevo la vida en Borgoña o en Francia.
—Es posible que no vayáis a Holywood —respondió Dick.
—¿Cómo? ¿Qué es posible?