La Flecha negra
La Flecha negra —Mirad, sir Daniel; esta mañana es la del dÃa de mi boda —repuso Dick—, y ese sol que comienza a levantarse alumbrará el dÃa más feliz de mi vida. La vuestra es doblemente merecedora de castigo: por la muerte de mi padre y por vuestros manejos contra mÃ. Pero yo también he cometido faltas, he ocasionado la muerte de no pocos hombres, y en este dÃa feliz no quiero ser juez ni verdugo. Aunque fueseis el mismo diablo, no habÃa de poneros la mano encima, y si lo fuerais, por mÃ, podrÃais marchar adonde quisierais. Buscad el perdón de Dios; el mÃo lo tenéis ya. Pero eso de que vayáis a Holywood es ya cosa muy diferente. Pertenezco al ejército de York, y no he de permitir que haya un espÃa entre sus filas. Tenedlo, pues, por cierto: si dais un paso más, levanto la voz y llamo a la avanzada más próxima para que os hagan prisionero.
—Te estás burlando de mà —dijo sir Daniel—. No hay para mà salvación fuera de Holywood.
—No me importa ya eso —replicó Dick—. Os permito ir hacia el este, hacia el oeste o hacia el sur: hacia el norte no os lo permitiré. Holywood está cerrado para vos. Marchaos y no intentéis volver. Porque en cuanto os hayáis alejado, avisaré a todos los puestos de avanzada del ejército, y tal vigilancia habrá contra todos los peregrinos, que de nuevo os digo, aunque fuerais el mismo diablo, verÃais el desastroso resultado de vuestro intento.