La Flecha negra
La Flecha negra —Me sentencias a muerte —dijo con aire sombrÃo sir Daniel.
—No os sentencio a muerte —repuso Dick—. Si es que se os antoja medir vuestro valor con el mÃo, venid, pues; y aunque temo que esto es ser desleal a mi partido, aceptaré el reto francamente y sin reservas; me batiré contra vos fiando en mis solas fuerzas, y a nadie llamaré para que me ayude. Asà vengaré la muerte de mi padre, con la conciencia tranquila.
—Sà —dijo sir Daniel—, tú tienes una larga espada contra mi daga.
—Sólo en el cielo confÃo —contestó Dick, arrojando la espada sobre la nieve—. Ahora, si a ello os obliga vuestro hado adverso, venid, y con la ayuda del Todopoderoso, he de hacer que de vuestros huesos hagan festÃn las zorras.
—No lo dije más que para probarte, Dick —replicó el caballero con inquieta sonrisa—. No quisiera derramar tu sangre.
—Pues, entonces, marchaos antes de que sea demasiado tarde —advirtió Shelton—. Dentro de cinco minutos llamaré al puesto de avanzada. Empiezo a darme cuenta de que tengo demasiada paciencia. Si estuvieran cambiados los papeles, ya hace rato que yo estarÃa atado de pies y manos.